29 de mayo, otra vez.
Hoy habría sido tu vigésimo quinto cumpleaños, pero no estás aquí para celebrarlo con nosotros. Han pasado casi dos años desde que te perdimos y las cosas no han vuelto a ser lo que eran. Poco a poco, hemos conseguido integrar tu pérdida, aceptar tu decisión, creernos la realidad, perdonarnos y, sobre todo, perdonarte. Pero todo ha cambiado.
Para bien o para mal, tu amistad ocupó un hueco en nuestros corazones que siempre te pertenecerá. En ese rincón están todos tus recuerdos, todos los bonitos momentos, las muestras de cariño, las risas, las payasadas, las canciones, todas las aventuras que compartimos y esa sonrisa de oreja a oreja que siempre te acompañaba.
Pero hace casi dos años, pudimos sentir cómo un puñal se clavaba profundamente en ese recoveco de nuestra alma, dejando una herida desgarradora muy difícil de sanar.
Aún recuerdo la negación, la incertidumbre, los gritos, las noches sin parar de llorar, las pesadillas, la culpa, la impotencia, la frustración y sobre todo, el dolor. No ha sido fácil de digerir para nadie y no creo que ninguno pueda afirmar con seguridad que lo haya superado, porque una herida así marca un antes y un después en la vida.
La huella de ese puñal ha estado abierta y sangrando durante mucho, mucho tiempo, en las tardes de nostalgia, en las conversaciones con amigos y con extraños, en los bares en que sonaba nuestra música, en las noches de borrachera y melancolía, en las fotos y vídeos, en los momentos de estar a solas, reflexionar y echarte de menos...
Paso a paso se ha ido cerrando, y todos esos preciados recuerdos que estaban invadidos de tristeza y rabia, han ido recuperando su forma, aunque jamás volverán a ser como en un principio. Ya no hablamos tanto del tema, ya no lo tenemos continuamente presente, pero sigue estando ahí. Ese corte es de los que dejan cicatriz, una tan profunda que pocos la llegan a conocer o a entender, pero que nunca desaparece.
A día de hoy, ese rincón se ha convertido en la cueva en la que te guardo, en la que nadie más puede entrar, en la que la tristeza y la alegría se cogen de la mano y bailan junto a nuestros recuerdos. En ese pequeño espacio que tienes ocupado, guardo tu sonrisa, tu voz, tus palabras, tus abrazos, tus besos, y nadie podrá arrebatármelos, nunca. Da igual el tiempo que pase, ese rincón siempre te pertenecerá. Siempre te llevaré conmigo.
Ojalá pudieses estar aquí hoy, ojalá llegases a cumplir 25 años, ojalá ese puñal nunca hubiese existido. Pero no podemos cambiar lo sucedido, sólo podemos aceptarlo, intentar entenderte, perdonarte, perdonarnos y echarte de menos con cariño, dando gracias por todo lo que nos diste y sabiendo que nunca nos abandonarás del todo.
Te quiero, Dani. Te echo de menos.
















