El viento invernal provoca la caída de las últimas hojas, el frío en las mejillas y la necesidad de acelerar un poco el paso con tal de entrar en calor.
Estoy tiritando. Estoy nerviosa. Estoy contenta. Me cuesta creer que por fin ha pasado. Por fin nos hemos dejado llevar. Por fin los abrazos se han transformado en algo más. Las conversaciones amistosas con mensajes ocultos se han destapado. Y, resguardándonos en un portal, mis labios han rozado los tuyos durante varios minutos.
Lo deseaba, pero a la vez tenía mis dudas. Todos lo comentaban pero nosotros los ignorábamos y fingiámos que no sabíamos nada. Y por fin ha pasado. Pero ya es tarde y me tengo que ir.
Te cojo de la mano mientras caminamos bajo la luz de las farolas. Llego tarde. Me has entretenido. Pero no me importa. Llegaría tarde a cualquier estación de mi vida por unos minutos disfrutando tu sabor.Llegamos al punto de despedida. No te dejo terminar ninguna palabra. No me puedo cohibir ni controlar. Necesito aprovechar cada segundo de tu respiración sobre mi piel. Pero me tengo que ir.
Y para cuando vuelva, ya será demasiado tarde. El invierno habrá acabado. La primavera también. Y el verano te habrá mandado más lejos de lo que mi alma puede soportar. Te encontraré por la calle y tu mirada ni me reconocerá. Y mis anhelos se verán ahogados en el fondo de una botella. Mis lágrimas mancharán el asiento de un autobús. Y tu sonrisa no volverá a ser mía.
Pero nunca lo olvidaré y, en lo más profundo de mi ser, me engañaré a mí misma creyendo que tú tampoco.
Me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.
