Hoy me he dado cuenta de un detalle importante, algo que antes no había pensado, pero que merece la pena recordar: no me arrepiento de nada de lo que hice.
No, no me arrepiento, es más, me siento orgullosa de poner la mano en el fuego cuando fue necesario porque, aunque las quemaduras todavía duelan, sé que hacía lo correcto: hacía lo que sentía en cada momento.
Dejarse llevar, arriesgarse por una vez, sentir algo y llevarlo a cabo, decidir actuar en lugar de quedarte sentada una vez más, antender a la llamada de tu interior, no, no me arrepiento.
Siempre dije que prefería arrepentirme de hacer algo que de no haberlo hecho, pero, esta vez, sé que hacerlo era lo correcto y no debo atormentarme por el resultado, porque no todo dependía de mí.
Imagen de: www.caterangel.com
No siempre las consecuencias de nuestros actos son como nos esperamos, pero si no actuamos, el tren se nos escapa y nos pasamos la vida pensando "que hubiera pasado sí". Y así, no se supera nunca, si no coges el tren cuando quieres cogerlo, si no recibes esa lección del destino y no te das cuenta de que tienes que cambiar de estación, te quedas anclado en el mismo andén donde ese tren no volverá a pasar, atrapado entre la intriga, el arrepentimiento y la desesperación.
Y ahora segurié mi camino con esta filosofía, estoy harta de reprimirme, y no creo que sea lo que hay que hacer, no puedes vivir con el miedo a tropezar porque entonces jamás aprenderás a andar y mucho menos disfrutaras del placer de correr o saltar, incluso de volar.
Definitivamente no, no me arrepiento de mis actos. ¿Puedes tú decir lo mismo?
Título de la entrada: Copenhague, de Vetusta Morla.
