Pasaba los días en la cama delante de la pantalla,
pendiente de vidas ajenas que la entretuviesen.
Vidas ficticias con historias de amor inventadas
evitando que la cruel realidad la mente invadiese.
Pero no podía estar las veinticuatro horas así,
se levantaba, comía, hablaba con alguien, bebía.
Como rutina pasaba cada día tras de si
conversaciones vanas que para disimular servían.
No quería preocupar a los de su alrededor,
fingía estar bien para evitar preguntas complicadas.
No podía ser sincera con nadie sobre su situación,
porque no tenía respuestas que realmente aliviaran.
Cuando salía de casa, más rápido pasaban los días,
se reía, se divertía, todo parecía tener sentido y color.
Se engañaba a sí misma pensando que por fin acabaría,
que por fin había conseguido cambiar por alegría el dolor.
Pero a la que volvía a la realidad todo se desmoronaba de nuevo
la verdad era una herida abierta que nunca conseguía cerrar,
las mentiras eran una droga que cada vez duraba menos
y como siempre, sólo quedaba la cama y evitar romper a llorar.
Cuánto más se hundía, más se prometía a sí misma que saldría
cuando conseguía salir por momentos, una pequeña cosa estallaba
Esa pequeña cosa se juntaba con otra, siempre había algo que la devolvía
Ya no sabía qué narices hacer, qué era lo que el futuro le deparaba.
Se prometía a sí misma que nunca más volvería a traicionarse
Que la historia nunca se repetiría, decía que no mil veces
Se prometía que cambiaría de verdad y no volvería a auto-avergonzarse
Que no dejaría que la corriente la arrastrase como a los peces.
Pero se encontraba confusa cuando intentaba cambiar
Siempre se preguntaba, ¿qué era lo que debía hacer?
Si realmente quería avanzar ¿Por dónde debía empezar?
Pero es que, ¿qué queda cuando dejas de creer?
Me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.