martes, 11 de septiembre de 2012

Tengo que aprender a vivir sin ti.

Jamás pensé que se pudiese echar tanto de menos a una mascota. Quizás suene a tópico, pero lo cierto es que no podría reducir tu existencia a eso, no, no eras una simple mascota. Eras una gran amiga, acompañándome desde mis siete años y tus cinco meses, hasta mis diecinueve y tus doce.

Siempre estuviste ahí, cuando la ropa me quedaba pequeña y se me caían los dientes, cuando las muñecas me empezaron a aburrir, estuviste ahí cuando me enamoré por primera vez, cuando abandoné la primaria. Estuviste ahí cuando en casa sólo había gritos y dolor, cuando tuve miedo y me tenía que hacer la fuerte, estuviste ahí cuando me tocó madurar por las malas, cuando llegaron abogados y jueces, estabas ahí cuando todo se complicaba. 

Siempre, siempre estabas. Estabas cuando llegaron las risas, las caras nuevas, el amor, la amistad verdadera, cuando todo mejoró estabas a mi lado. Y, cuando mi vida dio un giro de trescientos sesenta grados, cuando todo se perdió y había que reconstruirse, también estabas. Alegrando aquellos días grises con tu simple presencia, mostrándome que no estaba sola, que por mucha gente que apareciese y desapareciese, tú estarías a mi lado incondicionalmente.

¿Cómo olvidar todo aquello? Muchas, muchas personas han pasado por mi vida. Personas que me han hecho feliz, personas que me han querido y que me han abandonado y personas que aún siguen acompañándome en mi camino. Pero lo cierto es, que sin ti, sí que me siento realmente sola.